Berliner Boersenzeitung - Pakistán bombardea Kabul

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Pakistán bombardea Kabul




El estruendo de explosiones antes del amanecer y el rumor de aeronaves sobre la capital afgana han marcado el momento más delicado entre Pakistán y el Gobierno talibán desde el retorno de estos últimos al poder en 2021. En apenas unos días, una secuencia de ataques y represalias ha llevado el pulso fronterizo —tradicionalmente concentrado en pasos montañosos y puestos avanzados— al corazón político y simbólico del emirato: Kabul. La pregunta que recorre cancillerías, mercados y comunidades fronterizas no es solo qué ha ocurrido, sino si la región se asoma a una guerra abierta que desborde el conflicto local y vuelva a encender, por otra vía, una mecha en Asia.

La madrugada que cambió el tablero
Los hechos centrales, en términos de impacto, son claros: Pakistán ejecutó ataques aéreos sobre la provincia de Kabul y también sobre áreas de Kandahar y Paktia. En la capital afgana se escucharon varias explosiones y no hubo, al principio, información precisa sobre los puntos exactos alcanzados ni sobre un balance definitivo de víctimas. Las autoridades talibanas confirmaron las incursiones, mientras que Islamabad presentó la operación como parte de una respuesta militar a lo que considera agresiones y amenazas transfronterizas.

Lo que distingue este episodio de otras crisis recientes es el salto geográfico y político: de la periferia al centro. Durante años, la fricción entre ambos países se expresó en intercambios de fuego a lo largo de una frontera extensa, porosa y disputada. En esta ocasión, el ruido de guerra llegó a la capital: un mensaje de fuerza que, en términos estratégicos, puede interpretarse como intento de disuasión… o como el inicio de un ciclo de represalias más ambicioso.

Cronología de una escalada en cuestión de días
El deterioro no nació de la nada. En el trasfondo se acumulan atentados, acusaciones cruzadas y una disputa histórica sobre el control de la frontera.

1) Ola de violencia interna en Pakistán y acusaciones hacia Afganistán.
Pakistán vincula el repunte de atentados y ataques contra fuerzas de seguridad —incluidos episodios graves con numerosas víctimas— a la actividad de grupos armados que, según su lectura, operan desde territorio afgano. La acusación central apunta a la presencia y libertad de maniobra del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), movimiento insurgente paquistaní ideológicamente afín a los talibanes afganos, aunque formalmente distinto.

2) Bombardeos paquistaníes en el este de Afganistán.
En el tramo anterior a la gran escalada, Pakistán llevó a cabo ataques aéreos sobre objetivos que definió como infraestructura militante en provincias orientales afganas. Kabul denunció esos bombardeos como violación de soberanía y sostuvo que causaron víctimas civiles, incluyendo mujeres y niños. Islamabad, por su parte, defendió que buscaba neutralizar campamentos y redes responsables de ataques en su territorio.

3) Respuesta afgana en la frontera: golpe a puestos paquistaníes.
La tensión subió otro escalón cuando Afganistán lanzó operaciones contra puestos militares paquistaníes a lo largo de la frontera, presentándolas como represalia. En su comunicado, Kabul atribuyó la operación a la necesidad de responder a “reincidencias” y ataques previos de Pakistán. Se habló de destrucción de posiciones, y de bajas significativas en ambos bandos.

4) Bombardeos sobre Kabul y otras zonas: “guerra abierta” en el discurso.
La réplica paquistaní llegó con ataques aéreos sobre Kabul, Kandahar y Paktia. La retórica oficial en Islamabad endureció el tono: desde mensajes de “respuesta adecuada” hasta la idea de que la paciencia se habría agotado. Kabul confirmó que había sido atacada y anunció que iniciaba operaciones de respuesta.

5) Domingo 1 de marzo: explosiones y fuego antiaéreo en la capital.
La escalada no se detuvo en el primer golpe. Este domingo, de nuevo antes del amanecer, se escucharon explosiones y ráfagas de disparos en Kabul. Las autoridades talibanas atribuyeron el estruendo a acciones de defensa antiaérea contra aeronaves paquistaníes sobre la capital. No se aclaró qué objetivos fueron atacados ni si hubo víctimas. Islamabad no ofreció de inmediato una versión detallada.

En resumen: lo que empezó como una discusión sobre “santuarios militantes” y control de pasos fronterizos se transformó, en pocos días, en un intercambio de ataques con alcance nacional.

Cifras en disputa: la guerra también se libra con números
En casi todas las escaladas contemporáneas, la primera víctima es la certeza. En este caso, los recuentos de bajas y daños presentados por ambas partes difieren de forma abismal.

Kabul habló de decenas de militares paquistaníes muertos en su operación fronteriza, e incluso de capturas. Islamabad rechazó esas afirmaciones, redujo su balance de pérdidas y negó la existencia de prisioneros. En sentido inverso, Pakistán afirmó haber causado un número elevado de bajas a combatientes talibanes y haber destruido múltiples posiciones; del lado afgano se respondió minimizando el impacto o subrayando la ausencia de víctimas en determinadas zonas atacadas.

Lo más relevante, más allá de la cifra exacta, es el patrón: ambos gobiernos están construyendo narrativas que justifican una escalada sostenida. Kabul necesita demostrar que no acepta golpes sin respuesta; Islamabad busca probar que puede imponer costos. En ese juego, la exageración, la propaganda y las lagunas de información se vuelven parte del conflicto.

La línea Durand: una frontera sin consenso, un conflicto con memoria larga
Para entender el riesgo de una “nueva guerra”, hay que mirar el mapa y la historia. Pakistán y Afganistán comparten una frontera de unos 2.600 kilómetros conocida como la Línea Durand, trazada en época colonial. Afganistán nunca la ha reconocido formalmente como frontera definitiva, y esa herida histórica alimenta una tensión estructural: no es solo una línea geográfica, sino un problema de legitimidad y control territorial.

Esa franja es además un corredor humano. Comunidades pastunes viven a ambos lados; la frontera es permeable por naturaleza; el contrabando, los flujos de refugiados y los pasos informales forman parte de la realidad cotidiana. Cuando la relación estatal se deteriora, la frontera deja de ser una cicatriz y se convierte en un frente.

Las crisis recientes han tenido consecuencias inmediatas: cierres de pasos, interrupción de comercio, presión sobre poblaciones locales y desplazamientos. Cada incidente militar empuja a ambos países a reforzar puestos y desplegar unidades en una geografía que favorece emboscadas, fuegos cruzados y malentendidos.

- El nudo de los grupos armados: TTP, insurgencias y acusaciones cruzadas

- El punto más explosivo es la acusación de “santuarios” al otro lado de la frontera.

- Pakistán acusa a Kabul de permitir que el TTP opere desde Afganistán y planifique ataques en su territorio.

- Kabul lo niega y a su vez acusa a Pakistán de amparar a enemigos del emirato, incluidos elementos vinculados al Estado Islámico (en su rama regional) o redes hostiles.

En una región con múltiples actores armados, esta guerra de acusaciones funciona como gasolina: cada atentado dentro de Pakistán se convierte en argumento para una operación transfronteriza; cada operación transfronteriza se convierte en argumento para la represalia afgana.

Aquí aparece una diferencia crucial respecto a conflictos interestatales clásicos: no solo se trata de dos capitales y dos ejércitos, sino de un ecosistema de grupos que puede beneficiarse del caos. Cuanto mayor sea la inestabilidad, más espacio tienen redes clandestinas para reclutar, moverse, financiarse y atacar.

Asimetría militar: por qué una guerra “clásica” sería distinta… y por qué igual da miedo
En términos de capacidades convencionales, Pakistán tiene una ventaja clara: dispone de una fuerza aérea moderna, una estructura militar mucho más grande y una doctrina orientada a conflictos de alta intensidad. Además, es una potencia nuclear, factor que normalmente actúa como disuasión frente a guerras prolongadas con estados comparables.

Afganistán, bajo los talibanes, carece de una fuerza aérea operativa equivalente. Puede disponer de aeronaves y helicópteros heredados del colapso del gobierno anterior, pero su capacidad de combate aéreo es muy limitada. Su verdadera fortaleza, históricamente, ha sido otra: guerra irregular, control territorial, redes locales, y la habilidad de desgastar a adversarios en terreno difícil.

De ahí surge el temor: una “guerra abierta” no tendría por qué parecer una guerra convencional con frentes definidos. Podría adoptar la forma de:
- ataques aéreos puntuales y repetidos,
- golpes a puestos fronterizos,
- sabotajes, emboscadas y hostigamiento constante,
- utilización de proxies o tolerancia a que grupos afines intensifiquen atentados. Es decir: una guerra de desgaste con alto costo para civiles, comercio y estabilidad política.

Impacto humanitario inmediato: evacuaciones, miedo y la frontera como trampa
Mientras los comunicados militares hablan de “objetivos”, la vida cotidiana se descompone. En la zona del paso de Torkham —uno de los principales puntos de cruce— se reportaron evacuaciones y ataques que alcanzaron áreas civiles cercanas, incluyendo un campamento o asentamiento de refugiados donde habría habido heridos y, según distintas versiones, víctimas mortales. En el lado paquistaní también se produjeron movimientos de población hacia áreas consideradas más seguras.

Además, la crisis golpea a una población ya exhausta: Afganistán vive una emergencia crónica por sanciones, restricciones, pobreza y desplazamientos internos; Pakistán atraviesa sus propias tensiones económicas y de seguridad, y mantiene desde 2023 una política de expulsión y presión sobre migrantes afganos que ha provocado retornos masivos. En ese contexto, cada cierre de frontera y cada intercambio de fuego agravan el sufrimiento de quienes dependen del paso para trabajar, comerciar o buscar protección.

La diplomacia, otra vez contra reloj
En las últimas 48 horas, la comunidad internacional ha multiplicado llamados a la contención. Organismos internacionales han pedido explícitamente la protección de civiles y el retorno a la vía diplomática. Potencias regionales con intereses en estabilidad —por motivos de seguridad, comercio o influencia— han intensificado contactos: conversaciones urgentes, llamadas a la calma y ofertas de mediación.

Hay un dato importante: ya existía un alto el fuego frágil, impulsado por mediadores, tras episodios de combate anteriores. Ese marco, sin embargo, se mostró insuficiente. Las negociaciones no lograron convertir la pausa en un acuerdo duradero, y la escalada actual explotó precisamente en la ausencia de un mecanismo sólido de verificación, desescalada y control de incidentes.

La diplomacia enfrenta dos obstáculos:
Desconfianza total. Pakistán dice tener pruebas de redes militantes; Kabul dice que son pretextos para violar su soberanía.

Costos políticos internos. En Islamabad, retroceder puede leerse como debilidad frente al terrorismo. En Kabul, ceder tras ataques a la capital puede erosionar autoridad ante su propia base.

- ¿Estalla una nueva guerra en Asia?

- La pregunta es legítima, pero la respuesta exige matices.

Sí hay indicadores de guerra:
ataques aéreos en capitales y ciudades clave, discursos oficiales que hablan de “guerra abierta”, operaciones fronterizas extendidas a varios puntos, evacuaciones civiles y riesgo de víctimas no combatientes, incapacidad visible para frenar la escalada en tiempo real.

Pero también hay límites estructurales que podrían contenerla:
Pakistán tiene incentivos fuertes para evitar un conflicto prolongado que desgaste recursos y agrave tensiones internas. Afganistán, sin apoyo internacional amplio y con economía frágil, difícilmente puede sostener una guerra convencional. La región está atravesada por intereses de terceros que buscan estabilidad: corredores comerciales, seguridad fronteriza, contención de grupos extremistas y control migratorio.

En otras palabras: lo que se perfila no es necesariamente una “guerra total” entre dos estados en sentido clásico, sino un conflicto abierto, altamente peligroso, con potencial de convertirse en una guerra de baja o media intensidad sostenida… y con riesgos de desbordamiento por accidente o por acción de terceros actores armados.

Tres escenarios posibles para las próximas semanas
1) Desescalada negociada (la salida menos costosa).
Requiere mediación activa, un canal militar directo y, sobre todo, un mecanismo verificable sobre acusaciones de presencia del TTP. Sería necesario pasar de la retórica a medidas: intercambio de información, acciones concretas y verificables contra redes armadas, y garantías de no repetición de ataques sobre centros urbanos.

2) Escalada contenida (el escenario más probable a corto plazo).
Continuación de ataques puntuales, presión militar sobre la frontera, golpes de castigo y respuestas simbólicas. En este escenario, Kabul refuerza defensa antiaérea y hostiga puestos; Islamabad mantiene capacidad de golpear objetivos en profundidad. El riesgo principal: una mala lectura, un ataque con víctimas civiles masivas o la caída de una aeronave con consecuencias políticas.

3) Guerra de desgaste con proxies (el escenario más peligroso).
Aumento de atentados dentro de Pakistán y ataques a puestos fronterizos de forma sostenida, con una respuesta paquistaní cada vez más amplia. Aquí, grupos armados se convierten en aceleradores del conflicto. Cuanta más inestabilidad, más difícil es volver a “cero”.

Las señales que decidirán si esto se convierte en guerra
Hay varios indicadores que, si aparecen, marcarían que se cruza un umbral:
anuncios formales de operaciones militares prolongadas, expansión de ataques a más ciudades o infraestructura crítica (energía, comunicaciones), cierres fronterizos prolongados y movilización militar visible, aumento sostenido de víctimas civiles, ruptura total de canales diplomáticos y expulsión de personal consular o técnico.

Por ahora, el dato central es que la capital afgana ha sido alcanzada —y ha vuelto a escuchar fuego antiaéreo— en una escalada que ya dura varios días. Eso, por sí solo, modifica la ecuación: el conflicto ya no es solo una disputa fronteriza; es una crisis regional en pleno desarrollo.

Epílogo provisional
La historia reciente de la región enseña que las guerras no siempre se declaran; a veces se deslizan. Y, en ocasiones, lo que empieza como “operación limitada” se transforma en una rutina de represalias. Kabul, Islamabad y los mediadores internacionales tienen una ventana estrecha para evitar que el lenguaje de “guerra abierta” deje de ser una metáfora y se convierta en un hecho sostenido.