Berliner Boersenzeitung - La venganza Iraní cambia

EUR -
AED 4.185561
AFN 75.79615
ALL 93.944644
AMD 416.64149
AOA 1045.109397
ARS 1703.679015
AUD 1.628918
AWG 2.051469
AZN 1.941354
BAM 1.958816
BBD 2.296235
BDT 140.626518
BHD 0.429962
BIF 3405.944029
BMD 1.139705
BND 1.471666
BOB 12.660493
BRL 5.793579
BSD 1.140055
BTN 110.032414
BWP 15.748247
BYN 3.270035
BYR 22338.213469
BZD 2.29293
CAD 1.605217
CDF 2575.732664
CHF 0.929651
CLF 0.027408
CLP 1078.719497
CNY 7.718195
CNH 7.711904
COP 3668.322151
CRC 518.798779
CUC 1.139705
CUP 30.202176
CVE 110.435033
CZK 24.137832
DJF 203.012572
DKK 7.475711
DOP 66.392222
DZD 152.036085
EGP 58.447027
ERN 17.095572
ETB 184.010916
FJD 2.565819
FKP 0.855462
GBP 0.853667
GEL 2.991686
GGP 0.855462
GHS 13.258414
GIP 0.855462
GMD 84.337787
GNF 10002.400392
GTQ 8.697391
GYD 238.517238
HKD 8.937622
HNL 30.536015
HRK 7.537435
HTG 149.059502
HUF 360.546704
IDR 20467.957943
ILS 3.47194
IMP 0.855462
INR 110.058497
IQD 1493.499496
IRR 1567094.05738
ISK 143.021352
JEP 0.855462
JMD 180.828416
JOD 0.808067
JPY 186.431196
KES 147.587842
KGS 99.667226
KHR 4610.098028
KMF 494.632232
KRW 1664.482008
KWD 0.3534
KYD 0.950063
KZT 542.0646
LAK 25814.746181
LBP 102091.987934
LKR 383.119878
LRD 206.347707
LSL 19.255948
LTL 3.365252
LVL 0.689396
LYD 7.295232
MAD 10.676438
MDL 20.150024
MGA 5051.778069
MKD 61.669951
MMK 2393.379184
MNT 4096.094824
MOP 9.208879
MRU 45.502058
MUR 54.044921
MVR 17.608531
MWK 1976.843686
MXN 19.873659
MYR 4.654782
MZN 72.82441
NAD 19.255948
NGN 1558.60362
NIO 41.954596
NOK 10.914776
NPR 176.052062
NZD 1.964144
OMR 0.438405
PAB 1.140055
PEN 3.879774
PGK 5.099852
PHP 70.327781
PKR 316.678881
PLN 4.313857
PYG 6892.612346
QAR 4.144581
RON 5.226798
RSD 117.571021
RUB 88.963104
RWF 1679.88647
SAR 4.288141
SBD 9.210074
SCR 15.370087
SDG 684.381918
SEK 11.030376
SGD 1.469165
SLE 27.609377
SOS 651.5031
SRD 43.07229
STD 23589.58766
STN 24.53778
SVC 9.975359
SZL 19.253644
THB 38.328083
TJS 10.516993
TMT 3.988967
TND 3.379203
TRY 53.971976
TTD 7.745926
TWD 36.854976
TZS 3010.558676
UAH 51.092065
UGX 4297.61691
USD 1.139705
UYU 45.780487
UZS 13797.243196
VES 844.864738
VND 29997.029516
VUV 135.252306
WST 3.141391
XAF 656.968514
XAG 0.0191
XAU 0.000278
XCD 3.080109
XCG 2.054664
XDR 0.817058
XOF 656.968514
XPF 119.331742
YER 271.876395
ZAR 19.048251
ZMK 10258.709666
ZMW 21.119517
ZWL 366.984471

La venganza Iraní cambia




La secuencia de ataques y contraataques que se ha desatado en torno a Irán en los últimos días ha roto varios tabúes a la vez: golpes directos sobre territorio iraní atribuidos a una coalición de Estados, respuestas con misiles y drones más allá de un único frente y, sobre todo, un pulso que ya no se mide solo en la potencia de fuego inmediata, sino en la capacidad de aguantar, presionar y desestabilizar sin cruzar el umbral que desencadene una guerra total.

A primera vista, el patrón parece claro: Irán multiplica sus ataques y amplía el área de impacto, mientras promete “venganza” ante lo que califica como una agresión existencial. Sin embargo, bajo esa superficie hay una segunda lectura que está cobrando fuerza entre diplomáticos, militares retirados y analistas regionales: la revancha iraní puede estar cambiando de forma. No necesariamente menos peligrosa, pero sí distinta: menos concentrada en un gran golpe único y más orientada a una combinación de castigo selectivo, presión económica y guerra híbrida.

El golpe inicial y el efecto dominó regional
La escalada actual se aceleró a partir del sábado 28 de febrero de 2026, cuando se reportaron ataques coordinados contra objetivos en Irán en una operación atribuida a Estados Unidos e Israel. La magnitud exacta de los daños sigue siendo objeto de versiones contrapuestas, pero el impacto político ha sido inmediato: desde ese momento se encadenaron reuniones de emergencia en foros internacionales, alertas de seguridad en múltiples capitales y un aumento drástico del riesgo en el corredor energético del Golfo.

En ese contexto, Irán activó una respuesta en varias capas:
1. Respuesta militar directa, con lanzamientos de misiles y drones hacia objetivos asociados a Israel y hacia instalaciones estadounidenses en países de la región.

2. Presión indirecta, buscando elevar el coste político y económico para los socios regionales de Washington.

3. Señalización estratégica, calibrando la intensidad para no provocar —al menos por ahora— una dinámica de destrucción recíproca de infraestructuras críticas.

La clave es que la escalada no se está desarrollando en un vacío. Los países del Golfo albergan bases, centros logísticos, radares y elementos de defensa antiaérea vinculados a Estados Unidos. Esa arquitectura, pensada durante años para disuadir y contener, se ha convertido ahora en un tablero donde cualquier misil o dron puede tener un efecto multiplicador: un impacto no solo militar, sino también financiero, turístico y reputacional.

Misiles y drones: más ataques, pero no necesariamente “más guerra”
En las primeras horas tras el golpe inicial, las defensas antiaéreas de varios países se activaron en cadena. Hubo reportes de sirenas, interceptaciones y caídas de restos de proyectiles en zonas habitadas. Las autoridades de algunos Estados han insistido en que gran parte de los ataques fueron neutralizados, pero también han reconocido que el simple hecho de ser alcanzados —o de vivir bajo la amenaza— cambia la ecuación estratégica.

Aquí aparece el primer matiz decisivo: multiplicar ataques no siempre equivale a buscar una guerra total. Irán puede estar persiguiendo, de forma simultánea, tres objetivos que a veces se confunden:

- Demostrar que puede golpear en varios frentes (capacidad).

- Castigar a adversarios y a socios de adversarios (coste).

- Evitar el golpe que desencadene una campaña devastadora sobre su propio territorio (supervivencia)

Por eso, en lugar de un único ataque masivo con intención de colapsar al rival, lo que se observa es una secuencia de

El factor nuclear: Natanz, inspecciones y el límite del riesgo
La dimensión nuclear vuelve a situarse en el centro. En las últimas 72 horas, se han difundido imágenes satelitales que muestran daños relevantes en el complejo de Natanz, una de las instalaciones clave del programa de enriquecimiento iraní. Paralelamente, el organismo internacional responsable de la supervisión nuclear ha afirmado que, pese a los daños reportados, no se han detectado efectos radiológicos. Pero el problema va más allá del balance inmediato: el nivel real de afectación del programa y el volumen disponible de material enriquecido se han vuelto más difíciles de verificar ante las restricciones de acceso sobre el terreno.

Esta opacidad alimenta un círculo vicioso: cuanto menos verificable es la situación, más se impone la lógica militar de “asegurar” capacidades por la fuerza; y cuanto más se golpea, más probable es que Irán responda fuera del marco clásico de la disuasión.

En los márgenes de la crisis, además, flota un debate que no ha desaparecido: qué tipo de acuerdo sería aceptable para contener el programa nuclear, el stock de material ya enriquecido y el componente balístico. En las últimas semanas se han mencionado fórmulas de reducción del enriquecimiento y reactivación de inspecciones, pero la confianza entre las partes está en su punto más bajo y la guerra ha desplazado —al menos temporalmente— la diplomacia.

Un liderazgo en tensión y el problema de la sucesión
A la incertidumbre militar se suma un elemento explosivo: la cuestión del liderazgo. Han circulado versiones —incluidas afirmaciones públicas desde Washington— sobre un descabezamiento significativo de la cúpula iraní en el ataque inicial. En Teherán, la prioridad inmediata parece doble: asegurar la continuidad del mando y evitar que una crisis de sucesión se convierta en una grieta por la que se cuele un levantamiento interno.

En este tipo de escenarios, las instituciones formales cuentan, pero también pesan los centros de poder paralelos: la estructura de seguridad interior, los aparatos de inteligencia, las milicias de apoyo al régimen y, de forma decisiva, el entramado económico-militar asociado a la Guardia Revolucionaria. El resultado es un sistema que puede resistir mucho tiempo… siempre que no se rompan tres equilibrios a la vez: el control del territorio, el flujo de ingresos y la cohesión de las élites.

Por eso, la estrategia de “venganza” no se diseña solo para castigar al enemigo externo. También sirve para consolidar autoridad hacia dentro: mostrar capacidad de respuesta, reafirmar el discurso de resistencia y evitar que la población interprete el golpe externo como el inicio del fin.

Por qué la revancha “puede ser diferente”
La idea de una venganza distinta no significa renuncia, sino adaptación. La lógica que se impone es la del coste-beneficio. Un ataque devastador e indiscriminado podría satisfacer la narrativa de “respuesta histórica”, pero también podría:

- justificar una campaña aún más amplia sobre territorio iraní;

- poner en riesgo infraestructuras críticas de energía;

- empujar a países del Golfo a abandonar la contención y sumarse abiertamente a una coalición anti-iraní;

- y provocar un colapso económico interno que debilite al régimen

Así, la revancha “diferente” apunta a otros carriles:

1) Castigo selectivo a socios regionales clave.
Algunos Estados del Golfo que han estrechado lazos con Israel en los últimos años aparecen como objetivos de presión indirecta: no tanto por ser autores del ataque inicial, sino por el valor estratégico de su imagen de estabilidad. Un ataque que altere la percepción de seguridad en centros financieros y turísticos puede ser, en términos políticos, tan contundente como un daño militar.

2) Guerra híbrida y red de aliados.
Irán dispone de una larga experiencia en influir mediante actores asociados en varios escenarios. En un contexto de superioridad tecnológica del adversario, los instrumentos indirectos —milicias, sabotaje, operaciones encubiertas, ataques con drones de baja firma, campañas de desinformación y ciberataques— se vuelven más atractivos porque ofrecen negación plausible y diluyen el umbral de respuesta.

3) Terrorismo y violencia política transfronteriza: el riesgo mayor.
El escenario más temido por muchos servicios de seguridad no es un intercambio abierto de misiles, sino que el conflicto se deslice hacia acciones clandestinas contra intereses de los adversarios o de sus aliados. Es el tipo de escalada que no siempre se anuncia, no siempre se atribuye con claridad y que puede expandirse a terceros países con rapidez.

4) El frente económico: energía, seguros y rutas marítimas.
Cuando la guerra amenaza con convertirse en una guerra de infraestructuras, las armas no son solo misiles: son también cierres parciales, advertencias de navegación, encarecimiento de primas de seguros y presión sobre rutas que mueven una parte sustancial del petróleo y del gas licuado del planeta.

Ormuz: el estrecho que convierte la guerra en inflación global
Pocas palancas son tan sensibles como el Estrecho de Ormuz, paso obligado entre el Golfo y el océano para buena parte de las exportaciones energéticas. En los últimos días, se han reportado anuncios y movimientos orientados a restringir el tránsito o elevar el riesgo operativo en la zona, con el mensaje implícito de que si Irán se siente acorralado, el mundo podría pagar un precio inmediato en energía y transporte.

El poder disuasorio de Ormuz no depende de un cierre absoluto. Basta con una combinación de amenazas, incidentes puntuales y aumento del riesgo para alterar mercados: navieras que cambian rutas, aseguradoras que suspenden coberturas, gobiernos que liberan reservas y consumidores que sienten el golpe en el precio del combustible. Por eso, el estrecho se ha convertido en una “herramienta estratégica” tanto como un espacio marítimo.

Los países del Golfo: contención estratégica y miedo a la espiral
En la región se observa otro fenómeno: los países que reciben impactos o amenazas tienden, por ahora, a una contención estratégica. La razón es simple: responder directamente puede abrir una puerta que luego no se cierre. Muchas de sus infraestructuras —energía, agua, transporte, puertos, aeropuertos— están dentro del alcance de capacidades iraníes, incluso si estas no son perfectas.

En un escenario de represalias cruzadas, el coste puede ser descomunal para economías altamente conectadas y dependientes de la confianza internacional. De ahí que, mientras se refuerzan defensas, se multiplican llamadas diplomáticas con un objetivo casi unánime: que la escalada no se convierta en guerra regional abierta.

Washington: disuasión, presión máxima y avisos de seguridad
Estados Unidos, por su parte, ha combinado la narrativa de defensa preventiva con una escalada de presión política. En las últimas horas se han reforzado avisos de seguridad para ciudadanos estadounidenses en varios países de la región y se ha insistido en el riesgo de ataques adicionales. El mensaje, hacia dentro, busca mostrar firmeza; hacia fuera, pretende disuadir a Teherán de ampliar el conflicto.

Pero hay un punto de fricción difícil de resolver: cuanto más se plantea la meta como “neutralizar” capacidades militares estratégicas iraníes, más se eleva la tentación de Teherán de responder fuera del terreno convencional. En otras palabras: si Irán siente que no puede ganar en el aire y que su infraestructura es vulnerable, puede intentar que el coste se pague en otro lugar y con otras reglas.

Tres escenarios para las próximas semanas
Con el tablero tan cargado, el futuro inmediato se mueve entre tres escenarios (no excluyentes):

Escenario 1: escalada contenida (el más probable a corto plazo).
Más oleadas de misiles y drones, golpes puntuales, interceptaciones, presión marítima y diplomacia frenética para evitar el salto a ataques sistemáticos sobre infraestructura energética. Es un equilibrio inestable, pero posible.

Escenario 2: guerra de infraestructuras (el más peligroso para la economía global).
Ataques directos a terminales, refinerías, plantas de gas, puertos y nodos eléctricos. En este escenario, la “venganza” deja de ser simbólica y se convierte en un intercambio de daño económico. Sería la antesala de una crisis energética internacional.

Escenario 3: venganza híbrida (la más difícil de gestionar).
Acciones encubiertas, atentados, ciberataques y desestabilización a través de aliados regionales. Aquí, la guerra se difumina: no siempre hay firma, no siempre hay respuesta proporcional, y el conflicto puede extenderse a países que no estaban en el foco.

La paradoja iraní: golpear más para negociar, no para inmolarse
La paradoja que define esta crisis es que Irán puede estar multiplicando ataques para ganar margen de negociación, no para inmolarse en una guerra total. Golpear demuestra capacidad y preserva la narrativa interna, pero calibrar la intensidad protege al país de un castigo irreparable sobre su infraestructura crítica.

Eso no reduce el peligro: al contrario. Una represalia “diferente” —más híbrida, más económica, más difusa— puede ser más imprevisible y más difícil de contener. La región se encuentra, de hecho, en un punto donde un solo incidente mal interpretado puede desencadenar un salto de fase.

Por ahora, la pregunta que domina pasillos diplomáticos y salas de operaciones no es si habrá venganza, sino qué forma adoptará: el misil visible que se puede interceptar, o la presión silenciosa que se cobra con el tiempo.