Berliner Boersenzeitung - La venganza Iraní cambia

EUR -
AED 4.237919
AFN 75.006812
ALL 91.71831
AMD 418.460854
ANG 2.066012
AOA 1058.182593
ARS 1740.061341
AUD 1.618017
AWG 2.07713
AZN 1.962775
BAM 1.955124
BBD 2.323497
BDT 142.010318
BGN 1.942626
BHD 0.43495
BIF 3448.898007
BMD 1.153961
BND 1.466232
BOB 13.907195
BRL 5.929972
BSD 1.153601
BTN 110.171456
BWP 15.602609
BYN 3.509487
BYR 22617.641203
BZD 2.320198
CAD 1.605067
CDF 2665.650835
CHF 0.943854
CLF 0.027908
CLP 1101.952519
CNY 7.743661
CNH 7.743784
COP 3595.962619
CRC 519.620462
CUC 1.153961
CUP 30.579974
CVE 110.226915
CZK 24.287077
DJF 205.439017
DKK 7.475315
DOP 68.126461
DZD 154.17925
EGP 59.593561
ERN 17.309419
ETB 188.438391
FJD 2.551986
FKP 0.852932
GBP 0.855472
GEL 2.993769
GGP 0.852932
GHS 13.249422
GIP 0.852932
GMD 85.393575
GNF 10142.759182
GTQ 8.81007
GYD 241.356607
HKD 9.051153
HNL 30.963302
HRK 7.533636
HTG 150.782475
HUF 365.83977
IDR 20391.649883
ILS 3.522986
IMP 0.852932
INR 110.586403
IQD 1511.271281
IRR 1586206.334795
ISK 139.964147
JEP 0.852932
JMD 182.057096
JOD 0.818131
JPY 178.5917
KES 149.391902
KGS 100.913961
KHR 4677.525703
KMF 491.587847
KPW 1038.565524
KRW 1561.840356
KWD 0.356455
KYD 0.961368
KZT 516.44156
LAK 25810.082158
LBP 103761.742216
LKR 379.658821
LRD 201.309572
LSL 18.741425
LTL 3.407347
LVL 0.698019
LYD 7.320471
MAD 10.936821
MDL 20.08506
MGA 4977.280261
MKD 61.503749
MMK 2423.032499
MNT 4149.505232
MOP 9.320439
MRU 46.329992
MUR 54.340124
MVR 17.782886
MWK 2000.408823
MXN 19.783477
MYR 4.698809
MZN 73.73214
NAD 18.741425
NGN 1528.468029
NIO 42.456434
NOK 10.77044
NPR 176.275094
NZD 2.003979
OMR 0.44369
PAB 1.153601
PEN 3.877344
PGK 5.133315
PHP 72.549532
PKR 319.817597
PLN 4.340854
PYG 6938.60259
QAR 4.216743
RON 5.254452
RSD 117.364537
RUB 97.510151
RWF 1702.211856
SAR 4.32975
SBD 9.254191
SCR 15.85166
SDG 694.10459
SEK 11.276931
SGD 1.467579
SHP 0.854754
SLE 28.445229
SLL 24197.981815
SOS 659.27221
SRD 43.58165
STD 23884.668779
STN 24.491962
SVC 10.094512
SYP 15003.804932
SZL 18.727529
THB 38.352482
TJS 10.653773
TMT 4.038865
TND 3.376333
TOP 2.778462
TRY 56.128442
TTD 7.833293
TWD 36.677734
TZS 3052.952309
UAH 51.493908
UGX 4522.437418
USD 1.153961
UYU 46.463745
UZS 13578.24964
VES 970.693817
VND 30008.763239
VUV 135.303329
WST 3.157225
XAF 655.957
XAG 0.018151
XAU 0.000268
XCD 3.118638
XCG 2.079173
XDR 0.815911
XOF 655.957
XPF 119.331742
YER 272.94074
ZAR 18.771944
ZMK 10387.036768
ZMW 22.294297
ZWL 371.575063
SSP 6519.016235
MXV 2.243465

La venganza Iraní cambia




La secuencia de ataques y contraataques que se ha desatado en torno a Irán en los últimos días ha roto varios tabúes a la vez: golpes directos sobre territorio iraní atribuidos a una coalición de Estados, respuestas con misiles y drones más allá de un único frente y, sobre todo, un pulso que ya no se mide solo en la potencia de fuego inmediata, sino en la capacidad de aguantar, presionar y desestabilizar sin cruzar el umbral que desencadene una guerra total.

A primera vista, el patrón parece claro: Irán multiplica sus ataques y amplía el área de impacto, mientras promete “venganza” ante lo que califica como una agresión existencial. Sin embargo, bajo esa superficie hay una segunda lectura que está cobrando fuerza entre diplomáticos, militares retirados y analistas regionales: la revancha iraní puede estar cambiando de forma. No necesariamente menos peligrosa, pero sí distinta: menos concentrada en un gran golpe único y más orientada a una combinación de castigo selectivo, presión económica y guerra híbrida.

El golpe inicial y el efecto dominó regional
La escalada actual se aceleró a partir del sábado 28 de febrero de 2026, cuando se reportaron ataques coordinados contra objetivos en Irán en una operación atribuida a Estados Unidos e Israel. La magnitud exacta de los daños sigue siendo objeto de versiones contrapuestas, pero el impacto político ha sido inmediato: desde ese momento se encadenaron reuniones de emergencia en foros internacionales, alertas de seguridad en múltiples capitales y un aumento drástico del riesgo en el corredor energético del Golfo.

En ese contexto, Irán activó una respuesta en varias capas:
1. Respuesta militar directa, con lanzamientos de misiles y drones hacia objetivos asociados a Israel y hacia instalaciones estadounidenses en países de la región.

2. Presión indirecta, buscando elevar el coste político y económico para los socios regionales de Washington.

3. Señalización estratégica, calibrando la intensidad para no provocar —al menos por ahora— una dinámica de destrucción recíproca de infraestructuras críticas.

La clave es que la escalada no se está desarrollando en un vacío. Los países del Golfo albergan bases, centros logísticos, radares y elementos de defensa antiaérea vinculados a Estados Unidos. Esa arquitectura, pensada durante años para disuadir y contener, se ha convertido ahora en un tablero donde cualquier misil o dron puede tener un efecto multiplicador: un impacto no solo militar, sino también financiero, turístico y reputacional.

Misiles y drones: más ataques, pero no necesariamente “más guerra”
En las primeras horas tras el golpe inicial, las defensas antiaéreas de varios países se activaron en cadena. Hubo reportes de sirenas, interceptaciones y caídas de restos de proyectiles en zonas habitadas. Las autoridades de algunos Estados han insistido en que gran parte de los ataques fueron neutralizados, pero también han reconocido que el simple hecho de ser alcanzados —o de vivir bajo la amenaza— cambia la ecuación estratégica.

Aquí aparece el primer matiz decisivo: multiplicar ataques no siempre equivale a buscar una guerra total. Irán puede estar persiguiendo, de forma simultánea, tres objetivos que a veces se confunden:

- Demostrar que puede golpear en varios frentes (capacidad).

- Castigar a adversarios y a socios de adversarios (coste).

- Evitar el golpe que desencadene una campaña devastadora sobre su propio territorio (supervivencia)

Por eso, en lugar de un único ataque masivo con intención de colapsar al rival, lo que se observa es una secuencia de

El factor nuclear: Natanz, inspecciones y el límite del riesgo
La dimensión nuclear vuelve a situarse en el centro. En las últimas 72 horas, se han difundido imágenes satelitales que muestran daños relevantes en el complejo de Natanz, una de las instalaciones clave del programa de enriquecimiento iraní. Paralelamente, el organismo internacional responsable de la supervisión nuclear ha afirmado que, pese a los daños reportados, no se han detectado efectos radiológicos. Pero el problema va más allá del balance inmediato: el nivel real de afectación del programa y el volumen disponible de material enriquecido se han vuelto más difíciles de verificar ante las restricciones de acceso sobre el terreno.

Esta opacidad alimenta un círculo vicioso: cuanto menos verificable es la situación, más se impone la lógica militar de “asegurar” capacidades por la fuerza; y cuanto más se golpea, más probable es que Irán responda fuera del marco clásico de la disuasión.

En los márgenes de la crisis, además, flota un debate que no ha desaparecido: qué tipo de acuerdo sería aceptable para contener el programa nuclear, el stock de material ya enriquecido y el componente balístico. En las últimas semanas se han mencionado fórmulas de reducción del enriquecimiento y reactivación de inspecciones, pero la confianza entre las partes está en su punto más bajo y la guerra ha desplazado —al menos temporalmente— la diplomacia.

Un liderazgo en tensión y el problema de la sucesión
A la incertidumbre militar se suma un elemento explosivo: la cuestión del liderazgo. Han circulado versiones —incluidas afirmaciones públicas desde Washington— sobre un descabezamiento significativo de la cúpula iraní en el ataque inicial. En Teherán, la prioridad inmediata parece doble: asegurar la continuidad del mando y evitar que una crisis de sucesión se convierta en una grieta por la que se cuele un levantamiento interno.

En este tipo de escenarios, las instituciones formales cuentan, pero también pesan los centros de poder paralelos: la estructura de seguridad interior, los aparatos de inteligencia, las milicias de apoyo al régimen y, de forma decisiva, el entramado económico-militar asociado a la Guardia Revolucionaria. El resultado es un sistema que puede resistir mucho tiempo… siempre que no se rompan tres equilibrios a la vez: el control del territorio, el flujo de ingresos y la cohesión de las élites.

Por eso, la estrategia de “venganza” no se diseña solo para castigar al enemigo externo. También sirve para consolidar autoridad hacia dentro: mostrar capacidad de respuesta, reafirmar el discurso de resistencia y evitar que la población interprete el golpe externo como el inicio del fin.

Por qué la revancha “puede ser diferente”
La idea de una venganza distinta no significa renuncia, sino adaptación. La lógica que se impone es la del coste-beneficio. Un ataque devastador e indiscriminado podría satisfacer la narrativa de “respuesta histórica”, pero también podría:

- justificar una campaña aún más amplia sobre territorio iraní;

- poner en riesgo infraestructuras críticas de energía;

- empujar a países del Golfo a abandonar la contención y sumarse abiertamente a una coalición anti-iraní;

- y provocar un colapso económico interno que debilite al régimen

Así, la revancha “diferente” apunta a otros carriles:

1) Castigo selectivo a socios regionales clave.
Algunos Estados del Golfo que han estrechado lazos con Israel en los últimos años aparecen como objetivos de presión indirecta: no tanto por ser autores del ataque inicial, sino por el valor estratégico de su imagen de estabilidad. Un ataque que altere la percepción de seguridad en centros financieros y turísticos puede ser, en términos políticos, tan contundente como un daño militar.

2) Guerra híbrida y red de aliados.
Irán dispone de una larga experiencia en influir mediante actores asociados en varios escenarios. En un contexto de superioridad tecnológica del adversario, los instrumentos indirectos —milicias, sabotaje, operaciones encubiertas, ataques con drones de baja firma, campañas de desinformación y ciberataques— se vuelven más atractivos porque ofrecen negación plausible y diluyen el umbral de respuesta.

3) Terrorismo y violencia política transfronteriza: el riesgo mayor.
El escenario más temido por muchos servicios de seguridad no es un intercambio abierto de misiles, sino que el conflicto se deslice hacia acciones clandestinas contra intereses de los adversarios o de sus aliados. Es el tipo de escalada que no siempre se anuncia, no siempre se atribuye con claridad y que puede expandirse a terceros países con rapidez.

4) El frente económico: energía, seguros y rutas marítimas.
Cuando la guerra amenaza con convertirse en una guerra de infraestructuras, las armas no son solo misiles: son también cierres parciales, advertencias de navegación, encarecimiento de primas de seguros y presión sobre rutas que mueven una parte sustancial del petróleo y del gas licuado del planeta.

Ormuz: el estrecho que convierte la guerra en inflación global
Pocas palancas son tan sensibles como el Estrecho de Ormuz, paso obligado entre el Golfo y el océano para buena parte de las exportaciones energéticas. En los últimos días, se han reportado anuncios y movimientos orientados a restringir el tránsito o elevar el riesgo operativo en la zona, con el mensaje implícito de que si Irán se siente acorralado, el mundo podría pagar un precio inmediato en energía y transporte.

El poder disuasorio de Ormuz no depende de un cierre absoluto. Basta con una combinación de amenazas, incidentes puntuales y aumento del riesgo para alterar mercados: navieras que cambian rutas, aseguradoras que suspenden coberturas, gobiernos que liberan reservas y consumidores que sienten el golpe en el precio del combustible. Por eso, el estrecho se ha convertido en una “herramienta estratégica” tanto como un espacio marítimo.

Los países del Golfo: contención estratégica y miedo a la espiral
En la región se observa otro fenómeno: los países que reciben impactos o amenazas tienden, por ahora, a una contención estratégica. La razón es simple: responder directamente puede abrir una puerta que luego no se cierre. Muchas de sus infraestructuras —energía, agua, transporte, puertos, aeropuertos— están dentro del alcance de capacidades iraníes, incluso si estas no son perfectas.

En un escenario de represalias cruzadas, el coste puede ser descomunal para economías altamente conectadas y dependientes de la confianza internacional. De ahí que, mientras se refuerzan defensas, se multiplican llamadas diplomáticas con un objetivo casi unánime: que la escalada no se convierta en guerra regional abierta.

Washington: disuasión, presión máxima y avisos de seguridad
Estados Unidos, por su parte, ha combinado la narrativa de defensa preventiva con una escalada de presión política. En las últimas horas se han reforzado avisos de seguridad para ciudadanos estadounidenses en varios países de la región y se ha insistido en el riesgo de ataques adicionales. El mensaje, hacia dentro, busca mostrar firmeza; hacia fuera, pretende disuadir a Teherán de ampliar el conflicto.

Pero hay un punto de fricción difícil de resolver: cuanto más se plantea la meta como “neutralizar” capacidades militares estratégicas iraníes, más se eleva la tentación de Teherán de responder fuera del terreno convencional. En otras palabras: si Irán siente que no puede ganar en el aire y que su infraestructura es vulnerable, puede intentar que el coste se pague en otro lugar y con otras reglas.

Tres escenarios para las próximas semanas
Con el tablero tan cargado, el futuro inmediato se mueve entre tres escenarios (no excluyentes):

Escenario 1: escalada contenida (el más probable a corto plazo).
Más oleadas de misiles y drones, golpes puntuales, interceptaciones, presión marítima y diplomacia frenética para evitar el salto a ataques sistemáticos sobre infraestructura energética. Es un equilibrio inestable, pero posible.

Escenario 2: guerra de infraestructuras (el más peligroso para la economía global).
Ataques directos a terminales, refinerías, plantas de gas, puertos y nodos eléctricos. En este escenario, la “venganza” deja de ser simbólica y se convierte en un intercambio de daño económico. Sería la antesala de una crisis energética internacional.

Escenario 3: venganza híbrida (la más difícil de gestionar).
Acciones encubiertas, atentados, ciberataques y desestabilización a través de aliados regionales. Aquí, la guerra se difumina: no siempre hay firma, no siempre hay respuesta proporcional, y el conflicto puede extenderse a países que no estaban en el foco.

La paradoja iraní: golpear más para negociar, no para inmolarse
La paradoja que define esta crisis es que Irán puede estar multiplicando ataques para ganar margen de negociación, no para inmolarse en una guerra total. Golpear demuestra capacidad y preserva la narrativa interna, pero calibrar la intensidad protege al país de un castigo irreparable sobre su infraestructura crítica.

Eso no reduce el peligro: al contrario. Una represalia “diferente” —más híbrida, más económica, más difusa— puede ser más imprevisible y más difícil de contener. La región se encuentra, de hecho, en un punto donde un solo incidente mal interpretado puede desencadenar un salto de fase.

Por ahora, la pregunta que domina pasillos diplomáticos y salas de operaciones no es si habrá venganza, sino qué forma adoptará: el misil visible que se puede interceptar, o la presión silenciosa que se cobra con el tiempo.