Berliner Boersenzeitung - Iran se ahoga sin Agua

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Iran se ahoga sin Agua




En Irán, el agua se ha convertido en el bien más escaso y disputado. Tras varias sequías consecutivas, el país vive la peor crisis hídrica en décadas. Las lluvias han caído a niveles mínimos y las estadísticas oficiales indican que la temperatura media nacional ha subido casi dos grados en los últimos años. La Organización Meteorológica Nacional reconoce que 2025 fue uno de los años más secos de la historia reciente, con precipitaciones en algunas regiones 45 % por debajo de la media y más de 80 % de déficit en varias provincias del sur. El resultado es que diecinueve provincias están catalogadas en situación de sequía severa y los embalses que abastecen a Teherán y otras ciudades importantes están al 10 % de su capacidad, lo que ha obligado a reducir la presión nocturna y planear racionamientos. La capital depende de cinco grandes presas —Lar, Latian, Karaj, Taleqan y Mamloo— que reciben cada vez menos agua de los ríos de las montañas. En noviembre, el presidente Masud Pezeshkian llegó a advertir que, si no llueve, Teherán podría quedar deshabitada y sus diez millones de habitantes tendrían que ser evacuados. No se trata de una hipérbole: las reservas de la ciudad han caído a menos de la mitad respecto del año anterior y algunos embalses, incluido el Amir Kabir, apenas contienen un 8 % de su capacidad. En Mashhad, segunda ciudad del país, las reservas están por debajo del 3 %.

Sequía y mala gestión: una combinación explosiva
El régimen atribuye la escasez a la falta de lluvias y al cambio climático, pero los propios expertos iraníes señalan que la crisis no se debe solo al cielo. Décadas de mala planificación, perforación descontrolada de pozos, creación de centenares de presas sin estudios ambientales y una política agrícola insostenible han agotado acuíferos y humedales. Irán destina más del 80 % del agua disponible a la agricultura, a menudo con una eficiencia inferior al 40 %. Aun así, el gobierno insiste en la autosuficiencia alimentaria mediante cultivos como el trigo o el arroz, que consumen enormes cantidades de agua. Mientras tanto, el consumo doméstico representa menos del 10 % del total y los ciudadanos son responsabilizados por un despilfarro que en realidad proviene de un modelo productivo ineficiente. Desde los años noventa, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y su filial constructora Khatam al‑Anbiah han liderado un frenesí de presas y canales que muchas veces desvían el agua hacia industrias afines y zonas favorecidas políticamente. El exministro de Agricultura Isa Kalantarí ya advirtió en 2013 que la escasez de agua era un peligro mayor para el país que cualquier enemigo externo. La expresión “mafia del agua” se ha popularizado para describir a los conglomerados que obtienen contratos millonarios a costa de ecosistemas como el lago Urmia, que ha perdido 90 % de su volumen desde la década de 1970. Más del 60 % de los humedales se han secado y más de la mitad de las grandes presas funcionan por debajo del 50 % de su capacidad.

Protestas y descontento social
La falta de agua no solo afecta a los cultivos; también enciende la mecha de un descontento que amenaza la estabilidad del régimen. Desde 2021, las provincias de Juzestán, Sistan‑Baluchistán e Isfahán han sido escenario de manifestaciones contra los cortes de suministro. Agricultores que ven secarse el río Zayandeh Rud han bloqueado carreteras y exigido que se detengan los desvíos hacia industrias asociadas a los guardianes de la revolución. En 2025 las protestas se extendieron a 31 provincias: camioneros, panaderos, estudiantes y funcionarios se unieron bajo consignas que denunciaban la corrupción, los apagones y la falta de agua potable. Las autoridades respondieron con represión y ocasionalmente cerraron escuelas, bancos y oficinas para ahorrar energía y agua, una medida que solo evidenció la falta de soluciones a largo plazo. La ausencia de transparencia alimenta la indignación. Muchos pueblos del interior dependen de camiones cisterna para abastecerse y algunas zonas de Teherán y Mashhad pasan horas sin agua. Los ciudadanos se ven obligados a comprar depósitos y bombas para almacenar lo que puedan, mientras pagan facturas cada vez más altas. Para una población que ya sufre inflación y sanciones internacionales, esta “sed forzada” se siente como un nuevo ataque a su dignidad.

Tensiones regionales y consecuencias geopolíticas
La escasez también tiene un componente internacional. Gran parte del agua de las provincias orientales proviene de ríos compartidos con Afganistán, como el Helmand y el Harirud. La construcción de presas por los talibanes ha reducido el caudal que llega a Irán, secando los humedales de Hamun y agudizando la pobreza en Sistan‑Baluchistán. A su vez, Turquía ha construido numerosas presas en los ríos Tigris y Éufrates, disminuyendo el flujo hacia Irak e Irán. Estas tensiones transfronterizas se suman a una población ya resentida por la falta de agua y han originado disputas diplomáticas que el gobierno iraní utiliza para desviar la responsabilidad interna.

Una amenaza existencial para los ayatolás
La crisis hídrica se ha convertido en el mayor desafío para el poder de los ayatolás. La legitimidad del régimen, construida sobre promesas de justicia social y autosuficiencia, se resquebraja a medida que millones de iraníes pierden el acceso a un recurso básico. Las fallas en la gestión del agua son perceptibles en todo el país y ya no pueden atribuirse solo a sanciones externas o a enemigos imaginarios. El propio líder supremo, Alí Jameneí, ha reconocido que el país se enfrenta a una “guerra del agua”. La posibilidad de una evacuación de Teherán o de que grandes zonas queden inhabitables plantea escenarios impensables para un gobierno que basa su autoridad en la estabilidad interna. Además, el agotamiento de acuíferos y el hundimiento del suelo amenazan patrimonios históricos y la viabilidad de ciudades enteras. La emigración masiva del campo a las metrópolis por falta de agua exacerba el desempleo y empuja a los jóvenes a protestar. Sin reformas profundas, la combinación de cambio climático, mala gestión y desgaste social podría desencadenar una crisis política aún mayor que la surgida por la represión de las mujeres en 2022.

¿Hay solución?
Revertir la sed iraní requiere medidas estructurales. Los expertos recomiendan reorientar la agricultura hacia cultivos menos intensivos en agua y mejorar sistemas de riego para reducir las pérdidas por evaporación. También es imprescindible reparar las redes urbanas, reducir las filtraciones y abandonar proyectos de presas que dañan ecosistemas. Se propone rescatar el antiguo sistema de qanats —galerías subterráneas que aprovechan acuíferos de forma sostenible— y combinarlo con tecnologías modernas. Igualmente importante es reformar la gobernanza del agua: acabar con la corrupción y la opacidad, crear organismos independientes que gestionen recursos de manera transparente y fomentar la participación ciudadana en la toma de decisiones. La comunidad internacional podría ofrecer asistencia tecnológica y financiera, pero la voluntad política debe partir de las autoridades iraníes. Sin una respuesta integral, la amenaza de la sed seguirá creciendo. El agua podría ser el factor que decida el futuro del país y determine si los ayatolás conservan su poder o se ven superados por una crisis que ya no pueden controlar.