Berliner Boersenzeitung - Ataque conjunto sobre Irán

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Ataque conjunto sobre Irán




En la madrugada del sábado 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva militar coordinada dentro de Irán, un salto cualitativo que rompe el frágil equilibrio regional y eleva el conflicto a un escenario de guerra abierta entre potencias con capacidad de escalar rápidamente. En cuestión de horas, la secuencia de ataques, represalias y advertencias convirtió lo que hasta hace poco era presión diplomática y guerra indirecta en una confrontación directa, con consecuencias inmediatas para la seguridad de Oriente Medio, la estabilidad energética mundial y el orden internacional.

La operación —presentada por Washington como “grandes operaciones de combate” y por Jerusalén como una campaña conjunta para neutralizar una amenaza existencial— golpeó infraestructuras militares y puntos asociados al programa nuclear y al arsenal de misiles iraní. Fuentes oficiales estadounidenses y israelíes sostienen que el objetivo central es impedir que Teherán consolide capacidades estratégicas que, a su juicio, harían imposible la disuasión tradicional. Teherán, por su parte, denuncia una agresión contra un Estado soberano y acusa a ambos países de abrir deliberadamente una guerra con consecuencias imprevisibles, incluyendo víctimas civiles.

Un ataque planificado para maximizar el impacto
Más allá del número y la intensidad de los bombardeos, la elección del momento fue determinante. Irán no organiza su semana laboral como la mayoría de países occidentales: su fin de semana se concentra habitualmente en jueves y viernes, de modo que el sábado marca el arranque efectivo de la actividad en muchas instituciones y servicios. Lanzar una ofensiva a primera hora del sábado implica, en términos prácticos, impactar sobre un país que empieza su “lunes” operativo. Esa decisión, subrayan analistas militares, aumenta la probabilidad de daños reales sobre capacidades de mando, logística y defensa, y no solo sobre edificios vacíos o infraestructuras simbólicas.

Desde semanas antes, la región venía acumulando señales de tensión: movimientos navales, refuerzos de defensa aérea, advertencias sobre el riesgo para la aviación civil y la sombra de una ruptura definitiva de la negociación nuclear. La ofensiva llega, además, tras un periodo en el que los canales de diálogo —directos o indirectos— se mantenían abiertos al menos formalmente. De ahí que el giro haya sido percibido como abrupto incluso por actores que, hasta hace poco, apostaban por contener la crisis mediante presión y sanciones.

El giro de Washington: de la presión a la lógica del “cambio de régimen”
El elemento que más ha sacudido la escena diplomática no es únicamente el ataque, sino el tono político con el que la Casa Blanca lo acompaña. En un mensaje difundido pocas horas después del inicio de la ofensiva, el presidente estadounidense dejó atrás el lenguaje de “disuasión” y “negociación bajo presión” para dirigirse directamente a las fuerzas armadas, la Guardia Revolucionaria y los cuerpos policiales iraníes con un ultimátum inusual: deponer las armas a cambio de inmunidad, o enfrentarse a una respuesta letal.

Ese mensaje —interpretado en Teherán como una llamada explícita a fracturar la estructura del Estado— alimenta el temor a que la campaña no busque únicamente degradar capacidades militares, sino precipitar un escenario de colapso interno o transición forzada. Para los partidarios de una línea dura, el argumento es que el régimen iraní utiliza su aparato de seguridad para sostener una política regional agresiva y un programa de armamento que, si se consolida, multiplicaría el coste de cualquier contención futura. Para sus críticos, en cambio, el planteamiento empuja a la región hacia una espiral de caos en la que la población civil paga el precio inmediato y en la que la salida política se vuelve aún más improbable.

Israel se suma con su propia doctrina: “Rugido del León” y una guerra preventiva
Israel, que desde hace años sitúa el programa nuclear iraní y su red de milicias aliadas como el principal desafío estratégico, enmarca la ofensiva dentro de una lógica de guerra preventiva: golpear antes de que el adversario alcance un umbral irreversible. En su discurso, el primer ministro israelí presentó la operación conjunta como un intento de “poner fin a la amenaza” del régimen de los ayatolás, destacando la prioridad de neutralizar capacidades que podrían saturar defensas y alterar el equilibrio de poder regional.

En la práctica, la campaña israelí se apoya en tres ejes: degradar la defensa aérea iraní, reducir la capacidad de lanzamiento de misiles y drones, y golpear nodos de mando, control y logística. El objetivo no es menor: Irán ha invertido durante años en una doctrina de disuasión basada menos en fuerzas aéreas convencionales y más en misiles balísticos, drones y redes de aliados armados fuera de sus fronteras. Para Israel, esa combinación constituye una amenaza existencial; para Irán, es el núcleo de su supervivencia estratégica.

Teherán responde: represalias regionales y advertencia de escalada
La reacción iraní no tardó en llegar. En las primeras horas tras los bombardeos, se registraron ataques con misiles contra intereses estadounidenses en distintos puntos de la región y alertas de seguridad en varios países. También se activaron sirenas y protocolos de emergencia en Israel, con la población llamada a mantenerse cerca de refugios ante posibles oleadas de represalias.

Aunque el alcance exacto de los daños iniciales ha sido objeto de declaraciones contrapuestas, el patrón es claro: Teherán busca demostrar capacidad de respuesta sin cerrar de inmediato todas las vías de escalada, manteniendo la opción de aumentar la intensidad si la campaña continúa. En otras palabras, la represalia funciona como señal militar y política: Irán quiere evitar que se consolide la idea de que puede ser golpeado sin coste.

Al mismo tiempo, dentro de Irán el impacto político es profundo. A las tensiones internas acumuladas en los últimos meses —marcadas por protestas, represión y una economía bajo presión— se suma ahora el shock de un ataque directo. La pregunta que domina el cálculo interno es si el país se agrupará en torno al poder por instinto de supervivencia o si, por el contrario, la presión militar externa acelerará fracturas y luchas internas.

La dimensión más explosiva: el liderazgo iraní bajo ataque
En medio de la ofensiva, informaciones procedentes de canales oficiales iraníes difundieron la muerte del líder supremo, Ali Jameneí, un acontecimiento de enorme gravedad que, de confirmarse plenamente en todos sus extremos, abriría un escenario de sucesión sin precedentes en el contexto de una guerra. La desaparición del máximo referente político y religioso de la República Islámica implicaría reconfiguraciones inmediatas en el aparato de poder, disputas entre facciones, y riesgos de decisiones precipitadas con tal de demostrar control.

La eliminación de figuras de máxima jerarquía —si se traduce en una decapitación real del mando— puede producir dos efectos opuestos: debilitar la coordinación militar o, por el contrario, radicalizarla, con dirigentes buscando legitimidad a través de una respuesta más dura. En escenarios así, el peligro no reside solo en el intercambio de ataques, sino en la volatilidad de la cadena de mando y en la presión interna por “no parecer débil”.

La ONU entra en escena: condena, choque diplomático y presión para frenar la espiral
La magnitud de la operación y el riesgo de contagio regional llevaron a una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La sesión se convirtió en un choque directo entre delegaciones, con acusaciones de violación del derecho internacional y advertencias sobre una conflagración mayor.

El secretario general de la ONU condenó tanto los ataques como las represalias y advirtió del riesgo de un conflicto más amplio, reclamando una desescalada inmediata y el retorno a la diplomacia. En el Consejo, Washington defendió su operación como una acción para impedir que Irán alcance capacidades nucleares militares; Israel insistió en la idea de amenaza existencial; Irán denunció crímenes de guerra y la muerte de civiles. Rusia y China elevaron el tono contra la ofensiva, subrayando que un ataque de este calibre puede desencadenar desastres humanitarios y económicos, además de riesgos asociados a instalaciones sensibles.

La diplomacia europea, atrapada entre el temor a la proliferación y la alarma por la guerra abierta, presiona para reactivar canales de negociación y contener la escalada. Sin embargo, el margen de maniobra se estrecha: cuando las operaciones militares se presentan explícitamente como un impulso al cambio de régimen, la lógica de compromisos se vuelve políticamente tóxica para todas las partes.

El Estrecho de Ormuz: el cuello de botella que puede incendiar la economía global
Si existe un punto capaz de convertir esta guerra en una crisis mundial, es el Estrecho de Ormuz. Tras los ataques, se multiplicaron los reportes sobre una interrupción de la navegación o restricciones severas, con compañías navieras y actores del mercado energético reaccionando con suspensiones y desvíos. El motivo es evidente: por ese corredor marítimo pasa una porción crítica del comercio global de petróleo y gas.

El cierre total o parcial, aunque fuera temporal, actúa como arma estratégica. Para Irán, Ormuz es una palanca de presión: si su territorio es bombardeado, puede elevar el coste global de la ofensiva. Para el resto del mundo, es un recordatorio de que la guerra no se queda en Oriente Medio: se traduce en energía más cara, inflación, inestabilidad financiera y problemas de abastecimiento. Y cuanto más se prolongue la incertidumbre, más se encarecerán seguros, fletes y rutas alternativas.

Cielos cerrados, rutas desviadas: el impacto inmediato en la aviación civil y la movilidad
En paralelo, los cielos de la región comenzaron a “apagarse”. Las alertas de seguridad y los cierres preventivos de espacio aéreo obligaron a aerolíneas a evitar corredores sobre Irán y zonas limítrofes. La aviación comercial, extremadamente sensible al riesgo de misiles o errores de identificación en contextos de guerra, tiende a reaccionar con rapidez: desvíos masivos, cancelaciones y un aumento notable de tiempos de vuelo y costes operativos.

La interrupción de rutas no es un detalle menor. En conflictos regionales anteriores, el cierre de espacios aéreos ha fragmentado el mapa de conexiones entre Europa y Asia, encareciendo billetes, saturando aeropuertos de escala y afectando cadenas logísticas. En una escalada como la actual, el efecto se multiplica.

El núcleo estratégico: misiles, drones y el programa nuclear
El debate sobre Irán suele concentrarse en su programa nuclear, pero la guerra actual revela que el verdadero centro de gravedad estratégico puede estar en los misiles. Irán ha construido una arquitectura de disuasión basada en la capacidad de lanzar oleadas que saturen defensas, con un componente adicional: drones más baratos, abundantes y difíciles de neutralizar de forma completa.

La ofensiva conjunta busca degradar esa capacidad antes de que crezca aún más y antes de que instalaciones sensibles se vuelvan inaccesibles. En los últimos meses, se había intensificado la preocupación por la modernización de infraestructuras subterráneas y por la posibilidad de que Irán preservara reservas significativas de uranio enriquecido, a la vez que avanzaba en capacidades de vectores (misiles) que amplían su alcance de amenaza.

Desde Teherán, la lectura es opuesta: renunciar a misiles o a capacidades de disuasión equivaldría a quedar indefenso ante potencias superiores en fuerza aérea y tecnológica. Por eso, cualquier negociación que exija “cero” en misiles o un desmantelamiento total tiende a estrellarse contra la lógica de supervivencia del régimen. ¿Qué viene ahora? Tres escenarios posibles

La escalada abre, al menos, tres escenarios:
Campaña corta y coercitiva: Estados Unidos e Israel sostienen ataques durante días o semanas con el objetivo de destruir capacidades clave, buscando que Irán acepte condiciones nuevas o se repliegue regionalmente. En este escenario, Teherán responde sin escalar al máximo, preservando margen para una salida negociada.

Guerra regional prolongada:
Irán intensifica ataques contra bases y aliados de Washington, y contra Israel, mientras redes aliadas y milicias actúan en varios frentes. Se multiplican los golpes y la región entra en un conflicto de desgaste con alto impacto económico. Colapso político y caos interno: si el liderazgo iraní entra en una crisis de sucesión bajo bombardeo y con tensiones sociales previas, la guerra podría catalizar una ruptura del orden interno. Este escenario no garantiza una transición estable; podría derivar en fragmentación, represión extrema o violencia interna.

A 1 de marzo de 2026, el mundo asiste a un punto de inflexión: la confrontación ya no es una posibilidad teórica, sino una realidad operativa. Mientras continúan los ataques y las represalias, la pregunta decisiva es si la comunidad internacional podrá abrir una vía de contención antes de que la lógica militar, una vez desatada, convierta esta guerra en el epicentro de una crisis global.