Berliner Boersenzeitung - El temblor financiero nipón

EUR -
AED 4.240661
AFN 75.055375
ALL 91.712691
AMD 419.720863
ANG 2.067349
AOA 1060.021451
ARS 1740.139649
AUD 1.619478
AWG 2.079918
AZN 1.959843
BAM 1.957789
BBD 2.325642
BDT 142.164398
BGN 1.943883
BHD 0.435238
BIF 3452.47682
BMD 1.154708
BND 1.46938
BOB 13.33643
BRL 5.941086
BSD 1.154663
BTN 110.801583
BWP 15.627738
BYN 3.506131
BYR 22632.273853
BZD 2.322239
CAD 1.608158
CDF 2670.239636
CHF 0.944783
CLF 0.027901
CLP 1101.683802
CNY 7.749764
CNH 7.746993
COP 3607.111022
CRC 516.720364
CUC 1.154708
CUP 30.599758
CVE 110.375676
CZK 24.299695
DJF 205.617067
DKK 7.475313
DOP 67.898377
DZD 154.384613
EGP 59.959244
ERN 17.320618
ETB 185.907753
FJD 2.55531
FKP 0.85672
GBP 0.856522
GEL 3.001296
GGP 0.85672
GHS 13.261297
GIP 0.85672
GMD 84.868683
GNF 10153.224815
GTQ 8.814877
GYD 241.573277
HKD 9.057534
HNL 31.084527
HRK 7.531701
HTG 150.911976
HUF 365.231755
IDR 20432.555399
ILS 3.503617
IMP 0.85672
INR 110.753109
IQD 1513.244637
IRR 1587261.41017
ISK 139.833216
JEP 0.85672
JMD 181.861569
JOD 0.818648
JPY 179.232626
KES 149.696591
KGS 100.978968
KHR 4677.710693
KMF 493.060761
KPW 1039.237432
KRW 1580.056315
KWD 0.356297
KYD 0.962269
KZT 516.430071
LAK 25841.023227
LBP 103400.029098
LKR 380.923609
LRD 201.603025
LSL 18.787083
LTL 3.409552
LVL 0.698472
LYD 7.320632
MAD 10.917094
MDL 20.074216
MGA 5051.84629
MKD 61.588623
MMK 2424.452972
MNT 4151.261485
MOP 9.329495
MRU 46.246332
MUR 54.537163
MVR 17.782612
MWK 2005.164634
MXN 19.788407
MYR 4.670101
MZN 73.797481
NAD 18.77731
NGN 1530.415431
NIO 42.27396
NOK 10.776525
NPR 177.282533
NZD 2.007154
OMR 0.443985
PAB 1.154663
PEN 3.874038
PGK 5.129788
PHP 72.414013
PKR 320.101358
PLN 4.340789
PYG 6872.921382
QAR 4.205388
RON 5.259927
RSD 117.361067
RUB 97.22604
RWF 1696.193464
SAR 4.333705
SBD 9.279521
SCR 15.946242
SDG 694.558334
SEK 11.28179
SGD 1.470087
SHP 0.857053
SLE 28.451622
SLL 24213.636878
SOS 659.858797
SRD 43.590087
STD 23900.121142
STN 24.883954
SVC 10.103174
SYP 15013.511755
SZL 18.752618
THB 38.424637
TJS 10.651727
TMT 4.053025
TND 3.36453
TOP 2.780259
TRY 56.184391
TTD 7.835891
TWD 36.692226
TZS 3057.09247
UAH 51.54701
UGX 4537.549896
USD 1.154708
UYU 46.436764
UZS 13584.798231
VES 971.32176
VND 29994.113748
VUV 136.436829
WST 3.160128
XAF 655.957
XAG 0.017914
XAU 0.000267
XCD 3.120655
XCG 2.081032
XDR 0.816438
XOF 655.957
XPF 119.331742
YER 273.129813
ZAR 18.747086
ZMK 10393.757908
ZMW 22.544704
ZWL 371.815456
SSP 6530.200245
MXV 2.243736

El temblor financiero nipón




Durante unas horas, en los últimos compases de julio de 2026, el punto más sensible del sistema financiero internacional no estuvo en Wall Street, en Fráncfort ni en las grandes plazas petroleras. Estuvo en Tokio. La caída del yen hacia niveles no vistos en cuatro décadas obligó a Japón a intervenir de nuevo en el mercado de divisas y, esta vez, a hacerlo con el respaldo operativo de Estados Unidos. La reacción fue inmediata: la moneda japonesa se apreció con violencia, los operadores redujeron posiciones y el mundo financiero volvió a recordar que una divisa aparentemente débil puede sostener una cantidad descomunal de riesgo global.

Decir que Japón estuvo literalmente a punto de romper la economía mundial sería exagerado. No se produjo una parálisis bancaria, los sistemas de pagos siguieron funcionando y los mercados conservaron liquidez. Pero el dramatismo del titular señala un peligro auténtico. El yen lleva décadas actuando como una de las principales monedas de financiación del planeta. Cuando su precio cambia con brusquedad, no sólo se altera la balanza comercial japonesa. También se remueven posiciones apalancadas en acciones estadounidenses, deuda corporativa, bonos soberanos, divisas emergentes, materias primas y criptoactivos.

El yen dejó de ser una moneda local hace décadas
El origen del problema está en la prolongada excepcionalidad monetaria japonesa. Durante buena parte de los últimos treinta años, Japón mantuvo tipos de interés mínimos, e incluso negativos, para combatir la deflación y sostener una economía marcada por el envejecimiento demográfico y el crecimiento débil. Esa política convirtió al yen en una fuente de financiación extraordinariamente barata. El mecanismo es conocido como carry trade. Un inversor pide prestado en yenes, cambia ese dinero por dólares, euros u otra moneda y compra activos que ofrecen una rentabilidad superior. Mientras los tipos japoneses sigan bajos, la moneda no se fortalezca demasiado y la volatilidad permanezca contenida, la operación genera beneficios aparentemente previsibles. El inconveniente es que ese rendimiento modesto suele estar construido sobre un elevado apalancamiento.

Cuando el yen se aprecia, la deuda que financia la operación aumenta de valor en términos relativos. El inversor debe recomprar yenes para cerrar su posición y, para conseguir liquidez, vende los activos adquiridos en otros mercados. Si muchos operadores hacen lo mismo a la vez, la subida del yen provoca más compras de yenes y más ventas de acciones, bonos o divisas. Se forma así un círculo de desapalancamiento que puede atravesar fronteras y clases de activos en cuestión de horas.

Las cifras visibles ya son importantes. Los préstamos denominados en yenes concedidos a entidades no bancarias fuera de Japón se han movido en el entorno de los 250.000 millones de dólares, mientras que mediciones más amplias de las reclamaciones bancarias transfronterizas en esta moneda han llegado a aproximarse a los 500.000 millones. Aun así, el tamaño real es difícil de calcular porque una parte considerable de estas estrategias se ejecuta mediante futuros, permutas financieras, opciones y otros derivados que no aparecen íntegramente en los balances tradicionales.

Una depreciación que dejó de parecer conveniente
Durante años, Tokio toleró un yen débil porque favorecía los beneficios de los grandes exportadores y elevaba, al convertirlos, los ingresos obtenidos en el extranjero. Sin embargo, esa ventaja tiene un coste cada vez más difícil de asumir. Japón importa una parte muy elevada de la energía y de numerosas materias primas que consume. Una moneda depreciada encarece el petróleo, el gas, los alimentos y los componentes industriales, alimenta la inflación y reduce el poder adquisitivo de los hogares.

La presión se hizo evidente durante la primavera. Las autoridades japonesas intervinieron en varias ocasiones entre finales de abril y comienzos de mayo. La operación del 30 de abril alcanzó 6,28 billones de yenes y estableció un récord diario. En el conjunto de aquel ciclo se movilizaron 11,7 billones. El dólar retrocedió desde 160,725 yenes hasta la zona de 155, pero el efecto fue temporal. La diferencia entre los tipos de interés de Japón y Estados Unidos siguió atrayendo capital hacia el dólar y la tendencia se reanudó. A finales de julio, la cotización descendió por debajo de 163 yenes por dólar. El Banco de Japón había elevado su tipo oficial hasta el 1 por ciento, pero la Reserva Federal mantenía el suyo entre el 3,50 y el 3,75 por ciento. Ese margen continuaba siendo lo bastante amplio para mantener el atractivo de financiarse en Japón e invertir en activos denominados en dólares.

La depreciación ya no podía presentarse como una simple herramienta favorable para la industria exportadora. Se había convertido en una amenaza para la estabilidad de precios, para el consumo interno y para la credibilidad de la política económica japonesa.

La intervención que cambió el tono del mercado
La respuesta de finales de julio fue excepcional por su escala y por la participación estadounidense. Japón confirmó que había comprado yenes de manera coordinada con Estados Unidos para frenar movimientos que consideraba desordenados. Los datos del mercado monetario apuntan a que Tokio pudo gastar hasta 58.970 millones de dólares el 30 de julio y otros 36.580 millones al día siguiente. Son estimaciones provisionales, ya que el desglose oficial de esas jornadas no se publicará hasta finales de agosto.

Washington, por su parte, vendió euros para comprar yenes. El volumen estadounidense parece haber sido menos importante que el mensaje político. Los operadores entendieron que ya no se enfrentaban únicamente al Ministerio de Finanzas japonés, sino a una acción respaldada por la principal potencia financiera del mundo. El resultado fue una apreciación cercana al 5 por ciento en muy poco tiempo. El dólar pasó de cotizar cerca de 164 yenes a caer por debajo de 157 y llegó a aproximarse a 155. Para una moneda utilizada masivamente en operaciones apalancadas, un movimiento de esa magnitud no es una corrección rutinaria. Puede destruir de golpe el beneficio acumulado durante meses y activar llamadas de margen que obliguen a vender activos aparentemente ajenos a Japón.

La intervención consiguió romper la dinámica especulativa, pero no eliminó su causa. El 7 de agosto, el yen volvía a debilitarse por encima de 158 por dólar. La distancia entre los tipos de interés seguía abierta y el mercado continuaba dudando de hasta dónde podría llegar el Banco de Japón sin dañar las finanzas públicas ni provocar una sacudida mayor.

El precedente que nadie ha olvidado
La advertencia más clara llegó en agosto de 2024. Entonces, una combinación de señales más restrictivas desde Japón, dudas sobre la economía estadounidense y posiciones excesivamente apalancadas desencadenó una rápida reversión del carry trade. El índice TOPIX perdió un 12 por ciento en una sola sesión. El S&P 500 cayó un 3 por ciento, las bolsas europeas retrocedieron y el índice de volatilidad estadounidense superó brevemente los 60 puntos durante la negociación fuera de horario.
La tensión también alcanzó a las criptomonedas y a varias divisas emergentes. No porque todos esos activos estuvieran relacionados directamente con la economía japonesa, sino porque se habían convertido en las piezas vendibles de carteras financiadas con yenes. Cuando llegó la llamada de margen, los inversores liquidaron aquello que podían vender con rapidez.

Los mercados se recuperaron con relativa celeridad y no se produjo una disfunción sistémica. Precisamente por eso, aquel episodio puede parecer menos grave de lo que fue. En realidad, demostró que una noticia macroeconómica moderada puede convertirse en un movimiento extremo cuando coincide con posiciones saturadas, poca liquidez y algoritmos que reaccionan al mismo tiempo. En 2026, el riesgo era paradójico. Si Japón dejaba caer el yen, aumentaban la inflación importada y la pérdida de confianza. Si lo fortalecía demasiado deprisa, podía obligar a cerrar una masa de operaciones financiadas en esa moneda. El remedio tenía capacidad para activar el mismo mecanismo de contagio que pretendía evitar.

La deuda convierte cada decisión en una trampa
La dificultad japonesa no termina en el mercado de divisas. La deuda pública supera ampliamente el doble del producto interior bruto. Japón emite en su propia moneda, cuenta con una gran base doméstica de ahorro y no se enfrenta al mismo tipo de riesgo que un país endeudado en divisas extranjeras. Aun así, el volumen de obligaciones hace que cada subida de los tipos de interés tenga consecuencias fiscales.

El presupuesto para el ejercicio de 2026 alcanza un máximo histórico y prevé un fuerte aumento del coste del servicio de la deuda. Cuanto más suben las rentabilidades de los bonos japoneses, mayor es la porción de los ingresos públicos que debe dedicarse a intereses y amortizaciones. El Banco de Japón necesita normalizar su política para frenar la debilidad del yen, pero una normalización demasiado rápida puede encarecer la financiación del Estado, causar pérdidas en las carteras de los bancos y aseguradoras y deteriorar la estabilidad del mercado de deuda soberana. Tampoco resulta inocuo defender la moneda mediante reservas. Japón mantenía en mayo más de 1,14 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense y seguía siendo su mayor tenedor extranjero individual. Una venta acelerada de esos títulos para obtener dólares y comprar yenes podría elevar las rentabilidades de la deuda estadounidense. Eso encarecería las hipotecas, el crédito empresarial y la financiación del propio Gobierno federal, con efectos que se extenderían al resto del mundo.

La Reserva Federal dispone de un mecanismo que permite a bancos centrales extranjeros obtener dólares utilizando bonos del Tesoro como garantía, sin necesidad de venderlos directamente. Japón no recurrió a esa facilidad en la intervención más reciente, pero su mera existencia revela la preocupación compartida: sostener el yen no debería convertirse en una liquidación desordenada de deuda estadounidense.

La participación de Washington, por tanto, no fue un gesto de cortesía diplomática. Estados Unidos tenía interés en evitar que la defensa de la moneda japonesa trasladara la presión al mercado de bonos más importante del planeta. Tokio y Washington trataban de contener dos riesgos a la vez: la caída del yen y una posible subida descontrolada de los costes de financiación globales.

¿Estuvo Japón a punto de romper la economía mundial?
La respuesta rigurosa exige separar el riesgo de la hipérbole. Japón no estuvo a horas de provocar una depresión mundial ni existió una certeza de colapso. Las instituciones financieras siguieron operando, la liquidez no desapareció y la intervención fue absorbida sin una venta generalizada de activos. Hablar de una ruptura consumada sería incorrecto.

Sin embargo, sí se rozó una configuración potencialmente peligrosa. El yen había alcanzado niveles extremos, las posiciones especulativas eran elevadas, la diferencia de tipos seguía incentivando el endeudamiento en Japón y el precedente de 2024 había mostrado la velocidad del contagio. Una apreciación más abrupta, combinada con llamadas de margen y ventas automáticas, habría podido producir una corrección simultánea en renta variable, deuda, divisas y activos digitales. El verdadero peligro no era la quiebra inmediata de Japón. Era el desmontaje desordenado de un modelo financiero global que ha utilizado durante años el dinero japonés barato como combustible. Gran parte del sistema se acostumbró a que el Banco de Japón proporcionara una financiación estable y de bajo coste. Ahora, el país intenta abandonar gradualmente esa excepcionalidad sin provocar que los inversores cierren todos a la vez las posiciones construidas sobre ella.

Ésa es la razón por la que una decisión tomada en Tokio puede mover las acciones tecnológicas de Nueva York, las divisas latinoamericanas o el precio de los bonos europeos. La conexión no siempre aparece en los balances y rara vez ocupa los titulares hasta que la volatilidad obliga a verla.

Una crisis contenida, no resuelta
La intervención conjunta ganó tiempo y dejó claro que las autoridades están dispuestas a actuar. También elevó el coste de apostar de forma unilateral contra el yen. Pero comprar una moneda en el mercado no sustituye a una estrategia económica duradera. Para estabilizar el yen de manera sostenida será necesario reducir gradualmente la diferencia de tipos, preservar la credibilidad fiscal y evitar que el encarecimiento de la energía vuelva a deteriorar la balanza comercial. El Banco de Japón tendrá que avanzar con suficiente firmeza para no alimentar otra oleada especulativa, aunque con la cautela necesaria para no desestabilizar el mercado de bonos ni disparar el coste de la deuda pública.

El margen de error es estrecho. Si el yen vuelve a superar claramente la zona de 160 por dólar, crecerá la expectativa de nuevas intervenciones. Si el banco central endurece su política por sorpresa mientras las posiciones bajistas vuelven a estar abarrotadas, la moneda podría apreciarse con la misma violencia que en 2024. En ambos casos, el problema dejaría de ser exclusivamente japonés.

Japón no rompió la economía mundial. Hizo algo quizá más revelador: mostró cuánto depende todavía la arquitectura financiera internacional de una moneda barata, de una volatilidad contenida y de la confianza en que Tokio podrá normalizar su política sin obligar al planeta a afrontar una gigantesca llamada de margen.